martes, 23 de septiembre de 2014

LA LEY MORAL

LA LEY MORAL

Dios dio al hombre este mandamiento: "De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, morirás sin remedio" (Gn 2,16-17). "La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que el Señor Dios había hecho. Y dijo a la mujer: "¿Cómo es que Dios les ha dicho: No coman de ninguno de los árboles del jardín?" Respondió la mujer a la serpiente: "Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No coman de él, ni lo toquen, so pena de muerte." Replicó la serpiente a la mujer: "De ninguna manera morirán. Es que Dios sabe muy bien que el día en que coman de él, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal." Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores" (Gn 3,1-7).
El Plan de Dios es salvar al hombre (Jn 3,16) y muestra al hombre el camino (Jn 14,6) que debe seguir para practicar el bien (Rm 12,21) y alcanzar su fin último (Mt 5,48): la plena reconciliación y la salvación (Jn 5,24).

En el Antiguo Testamento Dios da a su Pueblo, por medio de Moisés (Ex 24,12), los Diez Mandamientos, que son el resumen de la Ley moral (Ex 31,18).

En el Nuevo Testamento Jesucristo nos da la Ley evangélica, que es la perfección de la Ley divina natural y revelada.

¿Cómo puede clasificarse la ley moral?
La ley moral puede clasificarse en ley moral natural, ley moral antigua o ley de Moisés, y ley moral nueva o ley evangélica.

¿Qué pasos siguió la ley moral?

La ley moral siguió tres pasos: 1º fue escrita la ley natural en el corazón de los hombres; 2º fue revelada por Dios en los Diez Mandamientos; y 3º Jesucristo confirmó y perfeccionó la ley divina y revelada por medio de las enseñanzas del Evangelio y la virtud del Espíritu Santo

miércoles, 3 de septiembre de 2014

EXALTACION DE LA CRUZ


DOMINGO XXIV – A (14 De Setiembre del 2014)

Proclamación del santo evangelio según San Juan 3,13-17:

En aquel tiempo dijo Jesús a Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en él tengan Vida eterna.

Porque Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. PALABRA DEL SEÑOR.

Paz y Bien el Señor.

Hoy, en la fiesta de la exaltación de la cruz hemos de preguntarnos ¿Qué valor tiene para nosotros, los creyentes la Cruz? ¿Por qué es sagrada y bendita la Santa cruz? En el Credo decimos: “POR NUESTRA CAUSA JESUCRISTO FUE CRUCIFICADO EN TIEMPOS  DE PONCIO PILATO PADECIÓ, Y FUE SEPULTADO Y AL TERCER DÍA RESUCITÓ SEGÚN LAS ESCRITURAS” (I Cor 15,3-4). Y el mismo Señor nos ha dicho: “De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario” que el Hijo del hombre sea levantado en alto (Jn 3,14; Núm 21, 9, 2; Re 18, 4). Y este hecho, que es el misterio central de la redención es gesto del amor de Dios a toda la humanidad: “Porque Dios tanto amó al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn 3,16).

En el Nuevo Catecismo se nos dice: El Misterio Pascual de la cruz y de la resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva que los Apóstoles, y la Iglesia a continuación de ellos, deben anunciar al mundo. El designio salvador de Dios se ha cumplido de "una vez por todas" (Hb 9, 26) por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo. La Iglesia permanece fiel a "la interpretación de todas las Escrituras" dada por Jesús mismo, tanto antes como después de su Pascua ((Lc 24, 27. 44-45): "¿No era necesario que Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?" (Lc 24, 26). Los padecimientos de Jesús han tomado una forma histórica concreta por el hecho de haber sido "reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas" (Mc 8, 31), que lo "entregaron a los gentiles, para burlarse de él, azotarle y crucificarle" (Mt 20, 19).

¿Qué razones llevaron a Jesús a la cruz?: Desde los comienzos del ministerio público de Jesús, fariseos y partidarios de Herodes, junto con sacerdotes y escribas, se pusieron de acuerdo para eliminarle (Mc 3, 6). Por algunas de sus obras (expulsión de demonios, Mt 12, 24; perdón de los pecados, Mc 2, 7; curaciones en sábado, Mc 3, 1-6; interpretación original de los preceptos de pureza de la Ley, Mc 7, 14-23; familiaridad con los publicanos y los pecadores públicos, (Mc 2, 14-17), Jesús apareció a algunos malintencionados sospechoso de posesión diabólica (cf. Mc 3, 22; Jn 8, 48; 10, 20). Se le acusa de blasfemo (Mc 2, 7; Jn 5,18; 10, 33) y de falso profetismo (Jn 7, 12; 7, 52), crímenes religiosos que la Ley castigaba con pena de muerte a pedradas (Jn 8, 59; 10, 31).

Muchas de las obras y de las palabras de Jesús han sido, un "signo de contradicción" (Lc 2, 34) para las autoridades religiosas de Jerusalén, aquéllas a las que el Evangelio de san Juan denomina con frecuencia "los judíos" (Jn 1, 19; 5, 10; 7, 13; 9, 22; 18, 12; 19, 38; 20, 19), más incluso que a la generalidad del pueblo de Dios (Jn 7, 48-49). Ciertamente, sus relaciones con los fariseos no fueron solamente polémicas. Fueron unos fariseos los que le previnieron del peligro que corría (Lc 13, 31). Jesús alaba a alguno de ellos como al escriba de Mc 12, 34 y come varias veces en casa de fariseos (Lc 7, 36; 14, 1). Jesús confirma doctrinas sostenidas por esta élite religiosa del pueblo de Dios: la resurrección de los muertos (Mt 22, 23-34; Lc 20, 39), las formas de piedad (limosna, ayuno y oración, Mt 6, 18) y la costumbre de dirigirse a Dios como Padre, carácter central del mandamiento de amor a Dios y al prójimo (Mc 12, 28-34). A los ojos de muchos en Israel, Jesús parece actuar contra las instituciones esenciales del Pueblo elegido: Contra la sumisión a la Ley en la integridad de sus prescripciones escritas, y, para los fariseos, según la interpretación de la tradición oral. Contra el carácter central del Templo de Jerusalén como lugar santo donde Dios habita de una manera privilegiada. Contra la fe en el Dios único, cuya gloria ningún hombre puede compartir.

Al comienzo del Sermón de la Montaña, Jesús hace una advertencia solemne presentando la Ley dada por Dios en el Sinaí con ocasión de la Primera Alianza, a la luz de la gracia de la Nueva Alianza: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una "Y" o un ápice de la Ley sin que todo se haya cumplido. Por tanto, el que quebrante uno de estos mandamientos menores, y así lo enseñe a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; en cambio el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los cielos» (Mt 5, 17-19).

Cristo se ofreció a su Padre por nuestros pecados: El Hijo de Dios "bajado del cielo no para hacer su voluntad sino la del Padre que le ha enviado" (Jn 6, 38), "al entrar en este mundo, dice: “He aquí que vengo para hacer, oh Dios, tu voluntad”. En virtud de esta voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del cuerpo de Jesucristo" (Hb 10, 5-10). Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra" (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús "por los pecados del mundo entero" (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: "El Padre me ama porque doy mi vida" (Jn 10, 17). "El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado" (Jn 14, 31).

Este deseo de aceptar el designio de amor redentor de su Padre anima toda la vida de Jesús (Lc 12,50; 22, 15; Mt 16, 21-23) porque su Pasión redentora es la razón de ser de su Encarnación: "¡Padre líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!" (Jn 12, 27). "El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?" (Jn 18, 11). Y todavía en la cruz antes de que "todo esté cumplido" (Jn 19, 30), dice: "Tengo sed" (Jn 19, 28).

Jesús es el cordero que quita el pecado del mundo: Juan Bautista, después de haber aceptado bautizarle en compañía de los pecadores (Lc 3, 21; Mt 3, 14-15), vio y señaló a Jesús como el "Cordero de Dios que quita los pecados del mundo" (Jn 1, 29; Jn 1, 36). Manifestó así que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero (Is 53, 7; Jr 11, 19) y carga con el pecado de las multitudes (Is 53, 12) y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua (Ex 12, 3-14; Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). Toda la vida de Cristo expresa su misión: "Servir y dar su vida en rescate por muchos" (Mc 10, 45).

Jesús acepta libremente el amor redentor del Padre: Jesús, al aceptar en su corazón humano el amor del Padre hacia los hombres, "los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1) porque "nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13). Tanto en el sufrimiento como en la muerte, su humanidad se hizo el instrumento libre y perfecto de su amor divino que quiere la salvación de los hombres (Hb 2, 10. 17-18; 4, 15; 5, 7-9). En efecto, aceptó libremente su pasión y su muerte por amor a su Padre y a los hombres que el Padre quiere salvar: "Nadie me quita la vida; yo la doy voluntariamente" (Jn 10, 18). De aquí la soberana libertad del Hijo de Dios cuando Él mismo se encamina hacia la muerte (Jn 18, 4-6; Mt 26, 53).

Jesús anticipó en la cena la ofrenda libre de su vida: Jesús expresó de forma suprema la ofrenda libre de sí mismo en la cena tomada con los doce Apóstoles (Mt 26, 20), en "la noche en que fue entregado" (1 Co 11, 23). En la víspera de su Pasión, estando todavía libre, Jesús hizo de esta última Cena con sus Apóstoles el memorial de su ofrenda voluntaria al Padre (1 Cor 5, 7), por la salvación de los hombres: "Este es mi Cuerpo que va a ser entregado por vosotros" (Lc 22, 19). "Esta es mi sangre de la Alianza que va a ser derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26, 28). La Eucaristía que instituyó en este momento será el "memorial" (1 Cor 11, 25) de su sacrificio. Jesús incluye a los Apóstoles en su propia ofrenda y les manda perpetuarla (Lc 22, 19). Así Jesús instituye a sus apóstoles sacerdotes de la Nueva Alianza: "Por ellos me consagro a mí mismo para que ellos sean también consagrados en la verdad" (Jn 17, 19).

La agonía de Getsemaní: El cáliz de la Nueva Alianza que Jesús anticipó en la Cena al ofrecerse a sí mismo (Lc 22, 20), lo acepta a continuación de manos del Padre en su agonía de Getsemaní (Mt 26, 42) haciéndose "obediente hasta la muerte" (Flp 2, 8; Hb 5, 7-8). Jesús ora: "Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz..." (Mt 26, 39). Expresa así el horror que representa la muerte para su naturaleza humana. Esta, en efecto, como la nuestra, está destinada a la vida eterna; además, a diferencia de la nuestra, está perfectamente exenta de pecado (Hb 4, 15) que es la causa de la muerte (Rm 5, 12); pero sobre todo está asumida por la persona divina del "Príncipe de la Vida" (Hch 3, 15), de "el que vive", (Ap 1, 18; Jn 1, 4; 5, 26). Al aceptar en su voluntad humana que se haga la voluntad del Padre (Mt 26, 42), acepta su muerte como redentora para "llevar nuestras faltas en su cuerpo sobre la cruz" (1 P 2, 24).
La muerte de Cristo es el sacrificio único y definitivo: La muerte de Cristo es a la vez el sacrificio pascual que lleva a cabo la redención definitiva de los hombres (1 Co 5, 7; Jn 8, 34-36) por medio del "Cordero que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29; 1 P 1, 19) y el sacrificio de la Nueva Alianza (1 Co 11, 25) que devuelve al hombre a la comunión con Dios (Ex 24, 8) reconciliándole con Él por "la sangre derramada por muchos para remisión de los pecados" (Mt 26, 28; Lv 16, 15-16). Este sacrificio de Cristo es único, da plenitud y sobrepasa a todos los sacrificios (Hb 10, 10). Ante todo es un don del mismo Dios Padre: es el Padre quien entrega al Hijo para reconciliarnos consigo (1 Jn 4, 10). Al mismo tiempo es ofrenda del Hijo de Dios hecho hombre que, libremente y por amor (Jn 15, 13), ofrece su vida (Jn 10, 17-18) a su Padre por medio del Espíritu Santo (Hb 9, 14), para reparar nuestra desobediencia.

Jesús reemplaza nuestra desobediencia por su obediencia: "Como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos" (Rm 5, 19). Por su obediencia hasta la muerte, Jesús llevó a cabo la sustitución del Siervo doliente que "se dio a sí mismo en expiación", "cuando llevó el pecado de muchos", a quienes "justificará y cuyas culpas soportará" (Is 53, 10-12). Jesús repara por nuestras faltas y satisface al Padre por nuestros pecados.

En la cruz, Jesús consuma su sacrificio: El "amor hasta el extremo"(Jn 13, 1) es el que confiere su valor de redención y de reparación, de expiación y de satisfacción al sacrificio de Cristo. Nos ha conocido y amado a todos en la ofrenda de su vida (Ga 2, 20; Ef 5, 2. 25). "El amor de Cristo nos apremia al pensar que, si uno murió por todos, todos por tanto murieron" (2 Co 5, 14). Ningún hombre aunque fuese el más santo estaba en condiciones de tomar sobre sí los pecados de todos los hombres y ofrecerse en sacrificio por todos. La existencia en Cristo de la persona divina del Hijo, que al mismo tiempo sobrepasa y abraza a todas las personas humanas, y que le constituye Cabeza de toda la humanidad, hace posible su sacrificio redentor por todos. "Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación"), enseña el Concilio de Trento (DS, 1529) subrayando el carácter único del sacrificio de Cristo como "causa de salvación eterna" (Hb 5, 9). Y la Iglesia venera la Cruz cantando.

Nuestra participación en el sacrificio de Cristo: La Cruz es el único sacrificio de Cristo "único mediador entre Dios y los hombres" (1 Tm 2, 5). Pero, porque en su Persona divina encarnada, "se ha unido en cierto modo con todo hombre" (GS 22, 2) Él "ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de Dios sólo conocida se asocien a este misterio pascual" (GS 22, 5). Él llama a sus discípulos a "tomar su cruz y a seguirle" (Mt 16, 24) porque Él "sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas" (1 P 2, 21).


La misión de todo bautizado es proclamar el I kerigma anunciado por Pedro a todos los judíos: “A Jesús de Nazaret, el hombre que Dios acreditó ante ustedes realizando por su intermedio los milagros, prodigios y signos que todos conocen, a ese hombre que había sido entregado conforme al plan y a la previsión de Dios, ustedes lo hicieron morir, clavándolo en la cruz por medio de los paganos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de las ataduras de la muerte, porque no era posible que ella tuviera dominio sobre él” (Hch 2,22-24). Al oír estas cosas, todos se conmovieron profundamente, y dijeron a Pedro y a los otros Apóstoles: "Hermanos, ¿qué debemos hacer?" Pedro les respondió: "Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa ha sido hecha a ustedes y a sus hijos, y a todos aquellos que están lejos: a cuantos el Señor, nuestro Dios, quiera llamar". Y con muchos otros argumentos les daba testimonio y los exhortaba a que se pusieran a salvo de esta generación perversa. Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a ellos alrededor de tres mil” (Hch2,37-41). Y porque “el mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden, pero para los que se salvan —para nosotros— es fuerza de Dios. Porque está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios y rechazaré la ciencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el hombre culto? ¿Dónde el razonador sutil de este mundo? ¿Acaso Dios no ha demostrado que la sabiduría del mundo es una necedad?” (I Cor 1,8-20).

martes, 19 de agosto de 2014

EL HIJO PRODIGO

El hijo prodigo (Lc 15,11-32)

En este evangelio aparecen tres personas: el padre y sus dos hijos. Pero detrás de las personas hay dos proyectos de vida bastante diversos. Ambos hijos viven con todo lo necesario, en paz, son agricultores muy ricos; por tanto, tienen con qué vivir, venden bien sus productos, su vida parece buena. ¿Pero son felices?.

El hijo más joven siente poco a poco que esta vida es aburrida, que no le satisface. Piensa que no puede vivir así toda la vida: levantarse cada día, no sé, quizá a las 5; después, según las tradiciones de Israel, una oración, una lectura de la sagrada Biblia; luego, el trabajo y, al final, otra vez una oración. Así, día tras día.

 El hijo menor piensa: la vida es algo más, debo encontrar otra vida, en la que sea realmente libre, en la que pueda hacer todo lo que me agrada; una vida libre de esta disciplina y de estas normas de los mandamientos de Dios, de las órdenes de mi padre; quisiera estar solo y que mi vida sea totalmente mía, con todos sus placeres. En cambio, ahora es solamente trabajo.

Decide tomar todo su patrimonio y marcharse. Su padre es muy respetuoso y generoso; respeta la libertad de su hijo: es él quien debe encontrar su proyecto de vida. Y el joven, como dice el evangelio, se va a un país muy lejano. Probablemente lejano desde un punto de vista geográfico, porque quiere un cambio, pero también desde un punto de vista interior, porque quiere una vida totalmente diversa.

Ahora su ilusión es vivir en libertad, hacer lo que le agrade, no reconocer estas normas de un Dios que es lejano, no estar en la cárcel de esta disciplina de la casa, sino hacer lo que me guste, lo que me agrade, vivir la vida con toda su belleza y su plenitud.

Se marchó dela casa: todo va bien, cree que es hermoso haber alcanzado finalmente la vida, se siente feliz. Pero después, poco a poco, siente también aquí el aburrimiento, también aquí es siempre lo mismo. (También leyes naturales: día, noche; el sol quema, hace frio, los animales no van donde quieren, sino que obedecen al pastor).

En fin, queda un vacío cada vez más inquietante; percibe cada vez con mayor intensidad que esa vida tampoco es vida de su agradado; más aún, se da cuenta de que, continuando de esa forma, la vida se aleja cada vez más. Todo resulta vacío: también ahora aparece de nuevo la esclavitud de hacer las mismas cosas. Al final y lo más desesperante: no tiene qué comer (Lc 15,16), y el joven se da cuenta de que su nivel de vida está por debajo del de los cerdos.

Entonces comienza a recapacitar y se pregunta si ese era realmente el camino de la vida que buscaba: una libertad interpretada como hacer lo que me agrada, vivir sólo para mí; o si, en cambio, no sería quizá mejor vivir para los demás, contribuir a la construcción del mundo, al crecimiento de la comunidad humana…

Así comienza el nuevo camino, un camino interior. El muchacho reflexiona y considera todos estos aspectos nuevos del problema y comienza a ver que era mucho más libre en su casa, siendo propietario también él, contribuyendo a la construcción de la casa y de la sociedad en comunión con el Creador, conociendo la finalidad de su vida, descubriendo el proyecto que Dios tenía para él.

Lc 15,17… El joven recapacitó: ¿Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan mientras que me muero aquí hambre… volveré.. (Renuncia al orgullo, decide volver a la vida).

En este camino interior, en esta maduración de un nuevo proyecto de vida, viviendo también el camino exterior, el hijo más joven se dispone a volver para recomenzar su vida, porque ya ha comprendido que había emprendido el camino equivocado. Se dice a sí mismo: Padre pequé contra ti y contra el cielo, ya no me trates como tu hijo…(Lc 15,17-20).

Y llega a la casa del padre, que le dejó su libertad para darle la posibilidad de comprender interiormente lo que significa vivir en casa de papá, y lo que significa no vivir en casa de papá. Y más aún comprender que los bienes materiales como el dinero no hacen feliz.

Lc 15,20: Al papá corrió hacia su hijo, no le importó que esté andrajoso, apestando olor a cerdo; lo abrazo. El padre, con todo su amor, lo besa: Suspende todo trabajo de la jornada y ordena que atiendan a su hijo: que lo bañen, lo cambien de ropa, pongan anillos en las manos, maten el ternero cebado.

Le ofrece una fiesta, de bienvenida. Nunca le increpó, nunca le echó en cara el orgullo del hijo. La vida puede comenzar de nuevo partiendo de esta fiesta. El hijo comprende que precisamente el trabajo, la humildad, la disciplina de cada día crea la verdadera fiesta y la verdadera libertad. Así, vuelve a casa interiormente madurado y purificado: ha comprendido lo que significa vivir en casa de papa (En el Cielo, así habrá más alegría por un solo pecador que se convierta Lc 15,7).

Ciertamente, en el futuro su vida tampoco será fácil, las tentaciones volverán, pero él ya es plenamente consciente de que una vida sin Dios no funciona: falta lo esencial, falta la luz, falta el porqué, falta el gran sentido de ser hombre. Ha comprendido que sólo podemos conocer a Dios por su Palabra. Los cristianos podemos añadir que sabemos quién es Dios gracias a Jesús, en el que se nos ha mostrado realmente el rostro de Dios.

El joven comprende que los mandamientos de Dios no son obstáculos para la libertad y para una vida bella, sino que son las señales que indican el camino que hay que recorrer para encontrar la vida. Comprende que también el trabajo, la disciplina, vivir no para sí mismo sino para los demás, alarga la vida. Y precisamente este esfuerzo de comprometerse en el trabajo da profundidad a la vida, porque al final se experimenta la satisfacción de haber contribuido a hacer crecer este mundo, que llega a ser más libre y más bello.

No quisiera hablar ahora del otro hijo, que permaneció en casa, pero por su reacción de envidia vemos que interiormente también él soñaba que quizá sería mucho mejor disfrutar de todas las libertades. También él en su interior debe “volver a casa” y comprender de nuevo qué significa la vida; comprende que sólo se vive verdaderamente con Dios, con su palabra, en la comunión de su familia, del trabajo; en la comunión de la gran familia de Dios.

No quisiera entrar ahora en estos detalles: dejemos que cada uno se aplique a su modo este evangelio. Nuestras situaciones son diversas, y cada uno tiene su mundo. Esto no quita que todos seamos interpelados y que todos podamos entrar, a través de nuestro camino interior, en la profundidad del Evangelio.

Añado sólo algunas breves observaciones. El evangelio nos ayuda a comprender quién es verdaderamente Dios: es el Padre misericordioso que en Jesús nos ama sin medida. Los errores que cometemos, aunque sean grandes, no menoscaban la fidelidad de su amor. En el sacramento de la Confesión podemos recomenzar siempre de nuevo con la vida: él nos acoge, nos devuelve la dignidad de hijos suyos. Por tanto, redescubramos este sacramento del perdón, que hace brotar la alegría en un corazón que renace a la vida verdadera.

Además, esta parábola nos ayuda a comprender quién es el hombre: no es una “mónada”, una entidad aislada que vive sólo para sí misma y debe tener la vida sólo para sí misma. Al contrario, vivimos con los demás, hemos sido creados juntamente con los demás, y sólo estando con los demás, entregándonos a los demás, encontramos la vida. El hombre es una criatura en la que Dios ha impreso su imagen, una criatura que es atraída al horizonte de su gracia, pero también es una criatura frágil, expuesta al mal; pero también es capaz de hacer el bien.

Y, por último, el hombre es una persona libre. Debemos comprender lo que es la libertad y lo que es sólo apariencia de libertad. Podríamos decir que la libertad es un trampolín para lanzarse al mar infinito de la bondad divina, pero puede transformarse también en un plano inclinado por el cual deslizarse hacia el abismo del pecado y del mal, perdiendo así también la libertad y nuestra dignidad.

Queridos amigos, estamos en el tiempo de la Cuaresma, de los cuarenta días antes de la Pascua. En este tiempo de Cuaresma la Iglesia nos ayuda a recorrer este camino interior y nos invita a la conversión que, antes que ser un esfuerzo siempre importante para cambiar nuestra conducta, es una oportunidad para decidir levantarnos y recomenzar, es decir, abandonar el pecado y elegir volver a Dios.


Recorramos juntos este camino de liberación interior. Al mismo tiempo, debemos abandonar la actitud egoísta del hijo mayor, seguro de sí, que condena fácilmente a los demás, cierra el corazón a la comprensión, a la acogida y al perdón de los hermanos, y olvida que también él necesita el perdón.

miércoles, 16 de julio de 2014

PRIMERA CARTA CATOLICA

CARTA DE SAN IGNACIO DE ANTIOQUIA A LOS CATÓLICOS DE ESMIRNA (70 d.C.)

Ignacio, llamado también Teóforo, a la iglesia de Dios el Padre y de Jesucristo el Amado, que ha sido dotada misericordiosamente de toda gracia, y llena de fe y amor y no careciendo de ninguna gracia, reverente y ostentando santos tesoros; a la iglesia que está en Esmirna, en Asia, en un espíritu intachable y en la palabra de Dios, abundantes salutaciones.

I. Doy gloria a Jesucristo el Dios que os concede tal sabiduría; porque he percibido que estáis afianzados en fe inamovible, como si estuvierais clavados a la cruz del Señor Jesucristo, en carne y en espíritu, y firmemente arraigados en amor en la sangre de Cristo, plenamente persuadidos por lo que se refiere a nuestro Señor que Él es verdaderamente del linaje de David según la carne, pero Hijo de Dios por la voluntad y poder divinos, verdaderamente nacido de una virgen y bautizado por Juan para que se cumpliera en El toda justicia, verdaderamente clavado en cruz en la carne por amor a nosotros bajo Poncio Pilato y Herodes el Tetrarca (del cual somos fruto, esto es, su más bienaventurada pasión); para que Él pueda alzar un estandarte para todas las edades por medio de su resurrección, para sus santos y sus fieles, tanto si son judíos como gentiles, en el cuerpo único de su Iglesia.

II. Porque Él sufrió todas estas cosas por nosotros [para que pudiéramos ser salvos]; y sufrió verdaderamente, del mismo modo que resucitó verdaderamente; no como algunos que no son creyentes dicen que sufrió en apariencia, y que ellos mismos son mera apariencia. Y según sus opiniones así les sucederá, porque son sin cuerpo y como los demonios.

III. Porque sé y creo que El estaba en la carne incluso después de la resurrección; y cuando El se presentó a Pedro y su compañía, les dijo: Poned las manos sobre mí y palpadme, y ved que no soy un demonio sin cuerpo. Y al punto ellos le tocaron, y creyeron, habiéndose unido a su carne y su sangre. Por lo cual ellos despreciaron la muerte, es más, fueron hallados superiores a la muerte. Y después de su resurrección Él comió y bebió con ellos como uno que está en la carne, aunque espiritualmente estaba unido con el Padre.

IV. Pero os amonesto de estas cosas, queridos, sabiendo que pensáis lo mismo que yo. No obstante, estoy velando siempre sobre vosotros para protegeros de las fieras en forma humana —hombres a quienes no sólo no deberíais recibir, sino, si fuera posible, ni tan sólo tener tratos [con ellos]; sólo orar por ellos, por si acaso se pueden arrepentir—. Esto, verdaderamente, es difícil, pero Jesucristo, nuestra verdadera vida, tiene poder para hacerlo. Porque si estas cosas fueron hechas por nuestro Señor sólo en apariencia, entonces yo también soy un preso en apariencia. Y ¿por qué, pues, me he entregado a mí mismo a la muerte, al fuego, a la espada, a las fieras? Pero cerca de la espada, cerca de Dios; en compañía de las fieras, en compañía de Dios. Sólo que sea en el nombre de Jesucristo, de modo que podamos sufrir juntamente con Él. Sufro todas las cosas puesto que Él me capacita para ello, el cual es el Hombre perfecto.

V. Pero ciertas personas, por ignorancia, le niegan, o más bien han sido negadas por Él, siendo abogados de muerte en vez de serlo de la verdad; y ellos no han sido persuadidos por las profecías ni por la ley de Moisés, ni aun en esta misma hora por el Evangelio, ni por los sufrimientos de cada uno de nosotros; porque ellos piensan también lo mismo con respecto a nosotros. Porque, ¿qué beneficio me produce [a mí] si un hombre me alaba pero blasfema de mi Señor, no confesando que Él estaba en la carne? Pero el que no lo afirma, con ello le niega por completo y él mismo es portador de un cadáver. Pero sus nombres, siendo incrédulos, no considero apropiado registrarlos por escrito; es más, lejos esté de mí el recordarlos, hasta que se arrepientan y regresen a la pasión, que es nuestra resurreción.

VI. Que ninguno os engañe. Incluso a los seres celestiales y a los ángeles gloriosos y a los gobernantes visibles e invisibles, si no creen en la sangre de Cristo [que es Dios], les aguarda también el juicio. El que recibe, que reciba. Que los cargos no envanezcan a ninguno, porque la fe y el amor lo son todo en todos, y nada tiene preferencia antes que ellos. Pero observad bien a los que sostienen doctrina extraña respecto a la gracia de Jesucristo que vino a vosotros, que éstos son contrarios a la mente de Dios. No les importa el amor, ni la viuda, ni el huérfano, ni el afligido, ni el preso, ni el hambriento o el sediento. Se abstienen de la eucaristía (acción de gracias) y de la oración, porque ellos no admiten que la eucaristía sea la carne de nuestro Salvador Jesucristo, cuya carne sufrió por nuestros pecados, y a quien el Padre resucitó por su bondad.

VII. Así pues, los que contradicen el buen don de Dios perecen por ponerlo en duda. Pero sería conveniente que tuvieran amor, para que también pudieran resucitar. Es, pues, apropiado, que os abstengáis de los tales, y no les habléis en privado o en público; sino que prestéis atención a los profetas, y especialmente al Evangelio, en el cual se nos muestra la pasión y es realizada la resurrección.

VIII. [Pero] evitad las divisiones, como el comienzo de los males. Seguid todos a vuestro obispo, como Jesucristo siguió al Padre, y al presbiterio como los apóstoles; y respetad a los diáconos, como el mandamiento de Dios. Que nadie haga nada perteneciente a la Iglesia al margen del obispo. Considerad como eucaristía válida la que tiene lugar bajo el obispo o bajo uno a quien él la haya encomendado. Allí donde aparezca el obispo, allí debe estar el pueblo; tal como allí donde está Jesús, allí está la iglesia universal. No es legítimo, aparte del obispo, ni bautizar ni celebrar una fiesta de amor; pero todo lo que él aprueba, esto es agradable también a Dios; que todo lo que hagáis sea seguro y válido.

IX. Es razonable, pues, que velemos y seamos sobrios, en tanto que tengamos [todavía] tiempo para arrepentimos y volvernos a Dios. Es bueno reconocer a Dios y al obispo. El que honra al obispo es honrado por Dios; el que hace algo sin el conocimiento del obispo rinde servicio al diablo. Que todas las cosas, pues, abunden para vosotros en gracia, porque sois dignos. Vosotros fuisteis para mí un refrigerio en todas las cosas; que Jesucristo lo sea para vosotros. En mi ausencia y en mi presencia me amasteis. Que Dios os recompense; por amor al cual sufro todas las cosas, para que pueda alcanzarle.

X. Hicisteis bien en recibir a Filón y a Rhaius Agathopus, que me siguieron en la causa de Dios como ministros de [Cristo] Dios; los cuales también dan gracias al Señor por vosotros, porque les disteis refrigerio en toda forma. No se perderá nada para vosotros. Mi espíritu os es devoto, y también mis ataduras, que no despreciasteis ni os avergonzasteis de ellas. Ni tampoco Él, que es la fidelidad perfecta, se avergonzará de vosotros, a saber, Jesucristo.

XI. Vuestra oración llegó a la iglesia que está en Antioquía de Siria; de donde, viniendo como preso en lazos de piedad, saludo a todos los hombres, aunque yo no soy digno de pertenecer a ella, siendo el último de ellos. Por la voluntad divina esto me fue concedido, no que yo contribuyera a ello, sino por la gracia de Dios, que ruego pueda serme dada de modo perfecto, para que por medio de vuestras oraciones pueda llegar a Dios. Por tanto, para que vuestra obra pueda ser perfeccionada tanto en la tierra como en el cielo, es conveniente que vuestra iglesia designe, para el honor de Dios, un embajador de Dios que vaya hasta Siria y les dé el parabién porque están en paz, y han recobrado la estatura que les es propia, y se les ha restaurado a la dimensión adecuada. Me parece apropiado, pues, que enviéis a alguno de los vuestros con una carta, para que pueda unirse a ellos dando gloria por la calma que les ha llegado, por la gracia de Dios, y porque han llegado a un asilo de paz por medio de vuestras oraciones. Siendo así que sois perfectos, que vuestros consejos sean también perfectos; porque si deseáis hacer bien, Dios está dispuesto a conceder los medios.

XII. El amor de los hermanos que están en Troas os saluda; de donde también os escribo por la mano de Burrhus, a quien enviasteis vosotros a mí juntamente con los efesios vuestros hermanos. Burrhus ha sido para mí un refrigerio en todas formas. Quisiera que todos le imitaran, porque es un ejemplo del ministerio de Dios. La gracia divina le recompense en todas las cosas. Os saluda. Saludo a vuestro piadoso obispo y a vuestro venerable presbiterio [y] a mis consiervos los diáconos, y a todos y cada uno y en un cuerpo, en el nombre de Jesucristo, y en su carne y sangre, en su pasión y resurrección, que fue a la vez carnal y espiritual, en la unidad de Dios y de vosotros. Gracias a vosotros, misericordia, paz, paciencia, siempre.


XIII. Saludo a las casas de mis hermanos con sus esposas e hijos, y a las vírgenes que son llamadas viudas. Os doy la despedida en el poder del Padre. Filón, que está conmigo, os saluda. Saludo a la casa de Gavia, y ruego que esté firme en la fe y el amor tanto de la carne como del espíritu. Saludo a Alce, un nombre que me es querido, y a Daphnus el incomparable, y a Eutecnus, y a todos por su nombre. Pasadlo bien en la gracia de Dios.


sábado, 12 de abril de 2014

LAS SIETE PALABRAS

LA ÚLTIMA VOLUNTAD DEL SEÑOR DESDE LA CRUZ

“Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado, y eran nuestras faltas por las que era destruido nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados. Todos andábamos como ovejas errantes, cada cual seguía su propio camino, y Yavé descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue maltratado y él se humilló y no dijo nada, fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la esquilan. Fue detenido, enjuiciado y eliminado ¿y quién ha pensado en su suerte? Pues ha sido arrancado del mundo de los vivos y herido de muerte por los crímenes de su pueblo. Fue sepultado junto a los malhechores y su tumba quedó junto a los ricos, a pesar de que nunca cometió una violencia ni nunca salió una mentira de su boca” (Is 53.3-9).

Uno de los pasajes bíblicos más leídos en la Semana Santa es, obviamente, el relato de la crucifixión. Recordamos los sufrimientos de Jesús -su pasión-, celebramos su victoria sobre el pecado -nuestra salvación-, y todo ello nos mueve a la adoración. Así cantamos, emocionados y llenos de gratitud, «La cruz sangrienta al contemplar», «Cabeza ensangrentada» y otro himnos de gran riqueza espiritual y teológica.

Durante las horas que estuvo clavado en la cruz, el Señor exclamó siete frases memorables que se han venido en llamar «Las Siete Palabras». Fueron sus últimas palabras. Con estas breves frases Jesús pronuncia el mensaje más profundo que se haya predicado jamás, una verdadera síntesis del Evangelio. Allí encontramos resumido lo más extraordinario del carácter de nuestro Señor y del plan divino para con el ser humano. El «Sermón de las Siete Palabras» ha inspirado innumerables predicaciones y escritos a lo largo de los siglos. J.S. Bach recoge en su emocionante Pasión según San Mateo el espíritu inigualable de este texto bíblico. También J. Haydn en el siglo XVIII compuso, por encargo, una obra muy apreciada sobre Las Siete Palabras en la que pone música a este memorable pasaje.

En esta reflexión al filo de la Semana Santa quiero compartir sólo un aspecto de «Las Siete Palabras» que, cuando lo descubrí, me impresionó y dejó en mí una huella indeleble. Se trata por supuesto de su contenido, pero en especial del orden en que Jesús pronuncia estas frases; a simple vista parece algo casual, pero un análisis detallado nos muestra cómo este orden es profundamente significativo porque refleja las prioridades del Señor y es un reflejo formidable de su carácter y de su corazón pastoral. Para mí, es en la cruz donde la belleza del carácter de Cristo alcanza su máximo esplendor. En la hora de la mayor oscuridad, sus palabras brillan como oro refulgente. Profundizar en estas «Siete Palabras» de Jesús me ha ayudado a amarle más a él y ha moldeado mi acercamiento hacia las personas, en especial las que sufren, a lo largo de mi vida.

El corazón pastoral de Jesús en la cruz

La sensibilidad de Jesús hacia su prójimo, su amor y preocupación por los que estaban a su lado, alcanzan en estas frases un clímax apoteósico. Lo más natural en las horas previas a una muerte por condena es que la persona se concentre en sí misma, en sus pensamientos y emociones, alejándose de su entorno en un proceso de ensimismamiento tan lógico como comprensible. Incluso cuando esta muerte es por enfermedad, todos entendemos que el centro no son los demás, los que le acompañan, sino aquel que está a punto de partir. En la cruz ocurre exactamente lo contrario: Jesús se olvida de sí mismo y de sus necesidades (que expresará más tarde) y se concentra en los que están con él, no importa que sean sus enemigos -los que le estaban torturando- , unos simples desconocidos -los malhechores- o un ser tan amado como su madre. Para todos tiene las palabras justas que necesitaban. A cada uno de ellos el Señor le habla conforme a su necesidad tal como se profetizó 400 años antes: «El Señor me dio lengua de sabios para saber hablar palabras...» (Is. 50:4).

Nunca nadie ha tenido una demostración tan grande de amor en la hora de la muerte, un corazón pastoral tan genuino. Pero el Buen Pastor (Jn. 10:7-21), el Príncipe de los Pastores (1 P. 5:4) murió pastoreando. Las palabras de Jesús en la cruz contienen como un tesoro comprimido la esencia del carácter divino y del Evangelio: su profundo amor hacia todos sin excepción, su sensibilidad exquisita hacia los que sufren, su sabiduría para hablar a cada uno según su necesidad. En las tres primeras frases -«palabras»- Jesús muestra una preocupación intensa por los que estaban cerca de él, todos aquellos que en aquella hora de angustia y dolor supremo eran su prójimo. A cada uno de ellos le da la palabra que más necesitaba:

PRIMERA PALABRA
“PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN”

En medio de este suplicio y dolor, Jesús dice unas palabras impresionantes que sorprenden a todos, ya que nadie las esperaba: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc.23,33-34).

Jesús podría haberlos aniquilado y destruido, ya que tenía poder y fuerza para ello. Pero no lo hace porque ha venido no para destruir sino para salvar a todos. Jesús podría haberlos confundido con un prodigio o un portento. Pero no lo hace porque no quiere ser aceptado por la fuerza y el dominio, sino por el amor y la entrega. Jesús invoca la misericordia de su Padre para aquellos que lo acababan de crucificar....

El Nuevo Testamento representa la culminación del perdón de Dios. Jesucristo “librará al pueblo de sus pecados” (Mt.1,21). Esa era la misión del Mesías (Sal.130,8). Y a eso vino, “a llamar a los pecadores” (Mc.2,17). Jesucristo es el “Siervo” doliente de Yahvé, traspasado por nuestros pecados, machacado por nuestras iniquidades, herido de muerte por nuestros delitos (Is.53,1-11). Fue clavado en la cruz “y murió por nuestros pecados” (ICort.15,13). Por eso, no es de extrañar que el Señor Jesús invoque la misericordia del Padre para que perdone a los que acaban de crucificarlo.

Nos quedamos sobrecogidos cuando volvemos a escuchar las palabras que Jesús dirige al Padre a favor de los que le acaban de crucificar. Nos quedamos desbordados por este gesto de Jesús. ¡Cuánto tenemos que aprender nosotros a quienes nos cuesta tanto perdonar, comprender, disculpar, olvidar...! Todo ser humano necesita el perdón; necesita ser perdonado. Tú y yo también necesitamos ser perdonados profundamente. Necesitamos el perdón de Dios; ese perdón que llega y alcanza lo más hondo de nuestra conciencia. Necesitamos ese perdón que nos da alegría y gozo, esperanza y paz. Necesitamos escuchar la voz de Dios que nos dice: “vete en paz; tus pecados son perdonados” (Jn.8,11). Necesitamos el perdón de Dios que nos llega a través del sacramento de la Penitencia.

Al pedir perdón para nosotros, Cristo nos invita y nos urge a perdonar a quien nos haya ofendido. Como Cristo perdona a los que lo han crucificado, nosotros debemos perdonar. No se trata de que nosotros perdonemos para que Él nos perdone; es al revés: puesto que Dios nos ha perdonado, nosotros debemos perdonar; “del mismo modo que el Señor os perdona, así también vosotros debéis perdonaros” (Col.3,13).Dios perdona para que nosotros perdonemos. “La regla es que imitemos nosotros a Dios y no Dios a nosotros, cuando perdonamos”. La medida del perdón es también Dios que perdona todo y siempre, pecados graves y pecados leves, y lo hace hasta setenta veces siete.
Por todo ello, hemos de recordar siempre que: Somos llamados a perdonar en las familias

Somos llamados a perdonarnos en el matrimonio. Somos llamados a perdonar en las relaciones sociales Somos llamados a perdonar en el día a día, en todo momento. Con frecuencia reclamamos para nosotros el perdón de aquellos a quienes hemos ofendido por nuestra debilidad, por nuestras culpa....A veces incluso exigimos una reparación pública...

¿Estamos dispuestos a perdonar a los demás? ¿Estamos dispuestos a perdonar sin ser perdonados? Que la puesta del sol no caiga sobre vuestro enojo. Que podamos rezar con verdad: “perdona nuestros pecados como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

SEGUNDA PALABRA
“HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO”

Uno de los que habían sido crucificados con Cristo, falto de arrepentimiento por sus crímenes, se suma a la burla y a la blasfemia de unos y de otros que están allí, e insulta a Jesús: “¿no eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros! Haz el milagro si eres Dios. Este hombre se ha quedado con su oscuridad y con sus tiniebla. Con todo, dejemos el juicio en manos de Dios.

En cambio, el otro le respondió diciendo: “¿Es que no temes a Dios tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio éste nada malo ha hecho” (Lc.23,39-43) . Este hombre no mide a Jesús según sus criterios. No le dice cómo tiene que actuar. Sólo confía en Jesucristo. Por eso le dirige una petición: “acuérdate de mí, cuando vayas a tu Reino”. Este hombre aún conserva su dignidad y es capaz de escuchar el grito insobornable de su conciencia que pone ante sí sus pecados. Se confiesa pecador y necesitado de perdón y de misericordia.

La respuesta de Jesús no se hace esperar. Aquel hombre crucificado escucha las palabras más importantes de su vida. Jesús le dice: “hoy estarás conmigo en el paraíso”. Jesús se muestra compasivo, rico en piedad, misericordioso. Jesús se deja ganar por un corazón pobre y humilde. Desde la cruz, Jesús abre el camino al cielo a este hombre pecador arrepentido, que muere en paz pues sabe que Jesús le ha perdonado.

Un día nos encontraremos cada uno de nosotros al borde de la muerte. En ese momento tan importante y tan decisivo para nuestra vida presente y venidera no hemos de replegarnos sobre nosotros mismos. Es el momento de la verdad profunda de nosotros mismos y de nuestras existencias. Es el momento en el que tenemos que presentarnos ante Jesucristo, juez de la humanidad.

Supliquemos al Señor que no nos trate como merecen nuestros pecados, sino que nos acoja en su infinita misericordia y nos conduzca a su Reino. Pongamos nuestra entera confianza en la misericordia infinita y entrañable del Señor. Sabemos que quien se fía del Señor nunca será confundido. Quien espera en el Señor nunca se perderá. Sabemos que quien vive y muere a la sombra de la Cruz de Jesucristo, despertará en el regazo del Padre para toda la eternidad. Dios escucha, acoge y perdona a todo aquel que lo invoca con humilde y sincero corazón.

Sabemos que hay perdón para nuestros pecados, para todos nuestros pecados porque la misericordia de Dios es infinita. Abramos nuestra alma a la gracia salvadora de Dios que todo lo redime y todo lo perdona. Sabemos que no tenemos ciudad permanente aquí, sino que buscamos otra, la del cielo. Con la Iglesia confesamos: “creo en la resurrección de los muertos y en la Vida eterna”. Señor, tómanos y llévanos contigo a la Casa del Padre.

TERCERA PALABRA
“MUJER, HE AHÍ A TU HIJO. JUAN, HE AHÍ A TU MADRE”

Junto a la cruz de Jesús estaba su Madre María que “mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz, en donde, no sin designio divino, se mantuvo de pie, se condolió vehementemente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima engendrada por Ella misma” (LG 58). María estaba de pie, junto a la cruz de su amado Hijo Jesús, inocente y santo. Sostenida y ayudada por Juan, el discípulo amado de su Hijo, soporta el dolor de la madre herida por su Hijo que está al borde de la muerte en la cruz. María llora en silencio. María medita en su corazón las palabras que un día, ya lejano, le dijera Simeón en el Templo cuando ofrecía al Padre a su propio Hijo: “una espada atravesará tu alma”.

María recuerda también aquellas palabras que un día, ya lejano, ella misma había dicho al Ángel en la Anunciación: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”. En estos momentos se está cumpliendo el designio de Dios sobre su Hijo y sobre ella misma. María consiente con fe y amor. Ella es la celebrante misteriosa de un misterio que Ella vive en el silencio y adoración.Jesús está llegando a su fin. Se mantiene en obediencia perfecta al Padre y en servicio sacrificial a favor de la humanidad. Antes de morir, Jesús nos quiere hacer un regalo inesperado.

Pero ¿le queda algo todavía a Jesús?

Nos había regalado su palabra y su perdón; nos había regalado la Eucaristía; nos estaba entregando su vida...Parecía que ya no le quedaba nada.... Pero sí; le quedaba algo. Mejor dicho, le quedaba alguien a quien Jesús amaba profundamente: su bendita Madre; y quería darnos también a su Madre. Nos amaba con un amor desmedido, sin medida....que le llevó hasta regalarnos a su propia Madre para que fuera nuestra Madre. “En el momento de su muerte, que es también la hora de la salvación, Jesús propone al discípulo Juan considerar a María, la “mujer”, símbolo de la Iglesia, como su madre, como uno de sus bienes espirituales: la madre de Jesús es acogida por el Discípulo en un espacio interior que estaba constituido para él por su relación con Jesús; Juan la acoge como su madre, en la fe” (I.de la Potterie).

Jesús nos confió al cuidado y solicitud maternales de su Madre. Juan Pablo II afirma que “la Madre de Cristo...es entregada al hombre -a cada uno y a todos- como madre. Este hombre junto a la cruz es Juan, “el discípulo que Él amaba. Pero no está él solo. Siguiendo la tradición, el Concilio (LG 48 y 53) no duda en llamar a María “Madre de Cristo, madre de los hombres”. Pues está “unida en la estirpe de Adán con todos los hombres...; más aún es verdaderamente madre de los miembros de Cristo por haber cooperando con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles” (RM 23).

María vela por nosotros; con su amor materno cuida de los hermanos de su 
Hijo que todavía peregrinamos por este mundo hacia la Casa del Padre y nos encontramos tantas veces en peligros y ansiedades hasta que lleguemos por la misericordia de Dios a la patria bienaventurada. María es Madre de la Iglesia, y por eso la Iglesia entera acude con confianza a María y le pide su ayuda para realizar la misión que su Hijo le ha confiado. “Ruega por nosotros, amorosa Madre”.

Permitirnos, santa María, unir a tu dolor de madre el dolor de tantas madres del mundo que lloran desconsoladas la muerte de sus hijos víctimas de la droga, del hambre, de la guerra, de la violencia..

Permitenos, santa María, unir a tu dolor de madre el dolor de tantas madres que lloran apenadas la muerte de sus hijos víctimas de accidentes, de maldades.... Permítenos, santa María, acompañarte para aliviar tu dolor, para secar tus lágrimas, para estar a tu lado en esa tarde del primer Viernes Santo de la historia... Acojamos a María en nosotros, en nuestro corazón, en nuestra vida....como hizo Juan. De este modo, se hará realidad en nosotros la exhortación de Juan Pablo II: “en la vida de todo cristiano debe haber una dimensión mariana”. María recorre con nosotros el camino de nuestra vida. ¡Santa María!, ven con nosotros a caminar...

CUARTA PALABRA
“DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO ?

Hemos de excluir cualquier interpretación que afirmara que el Padre desamparó y abandonó a su propio Hijo en la cruz. Jesús nunca dejó de existir en el Padre, ni el Padre en Él. Su voz y su grito, por tanto, no son una protesta, una queja, una rebelión.
Las palabras de Jesús son las primeras palabras de un salmo-lamentación que concluye con una acción de gracias a Dios. Por eso es necesaria interpretarlas en el con junto de este salmo que, en última instancia, es un canto de esperanza dentro del dolor y la persecución.

Las palabras de Jesús no eran blasfemas, sino expresión del sufrimiento del justo como experiencia de abandono de Dios. Las palabras de Jesús manifiestan su angustia profunda pero reflejan también su oración confiada. El que ora no rechaza a Dios, sino que deja que Dios sea Dios en él; él ora, cumple la voluntad de Dios. Jesús se pone en las manos de Dios, su Padre, y acepta sus designios para Él. Su muerte no era un fracaso. Jesús era el siervo que carga con los pecados y los crímenes de los pecadores y da su vida en rescate por al multitud. Su muerte tuvo sentido ya que era la entrega amorosa y total de sí mismo por la multitud como bien lo exponen los relatos de la institución de la Eucaristía.

Ni la desesperación, ni la rebelión contra Dios, ni la protesta airada hacen mella en la conciencia de Jesús. En efecto, Jesús sigue dialogando con Dios su Padre; sigue hablando a Dios su Padre; sigue dirigiéndose a Él; sigue confiándose a Él. Jesús sabe que su Padre le responderá a su tiempo y en su momento. Por eso, Jesucristo no fue derrotado, ni acabó en un fracaso total, ni sucumbió a la desesperación. En medio del dolor, Jesús espera en el Padre.
Es verdad que Cristo pasó por la cruz y por la muerte. Pero no terminó todo ahí. Hubo para Jesús una mañana de luz y de vida: la resurrección. A Jesús le esperaba la vida divina que sólo Dios conoce. El Padre acreditó a Jesús.También nosotros hemos de pasar algún día por el sufrimiento y la muerte. 

Hagamos nuestra la experiencia de Jesús. Pongámonos en las manos de Dios y no nos apartemos jamás de él. Aunque no veamos con claridad todas las cosas; aunque no dominemos nuestro futuro...confiemos en Dios que no abandona nunca y siempre llega a punto.....Con el salmo oremos: “el Señor es mi Pastor, nada me falta....Aunque pase por cañadas oscuras, nada temo, porque Tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan”.

QUINTA PALABRA
“TENGO SED
   
J  Jesús está sediento. No es extraño que Jesús sienta sed; tenga una sed inmensa que abrasaría sus entrañas... Jn.19,28-29)

San Marcos (15,23) nos informa de la costumbre humanitaria de los soldados de dar a los que han sido crucificados “vino mezclado con mirra”, para aliviarles el dolor. A Jesús se lo ofrecieron, pero no lo aceptó, ya que quería conservar la plena lucidez en la hora oscura y dolorosa que está viviendo.

San Mateo (27,34) recuerda el salmo 69: “veneno me han dado por comida, en mi sed me han abrevado con vinagre” (v.22) y ve cumplida la Escritura en el gesto de los soldados que mezclan el vino con hiel. Jesús ya no puede rechazar el vinagre y deja que el hisopo enjugue su boca lastimada y sus labios resecos. Pero hay más, toda la amargura del mundo toca los labios de Jesús. Mas la sed de Cristo no la puede ni apagar ni colmar más que su Padre ya que solamente Él puede reconocer su obediencia sacrificial y acoger su muerte como pacificación del mundo. Jesús tiene sed de Dios y de la fe de los hijos de Dios. La fe de aquellos que le miran y la fe de aquellos que un día creerán en Él por la palabra de sus discípulos (cf. Jn.20,29).

B) La sed de Jesús es más profunda que la sed física.
Jesús tiene sed, como tierra reseca, de la fe y del amor de la humanidad por la que está entregando su vida hasta el final. Jesús tiene sed de ti y de mí. Jesús tiene sed de tantos jóvenes que con tanto afán e ilusión se abren a la vida. Buscad a Cristo. Dirigid vuestros pasos a Cristo y saciaréis para siempre vuestra sed de verdad y de amor, de esperanza y de vida, de paz y felicidad.
C) Jesús es la fuente de agua viva
Jesús ha venido a este mundo para que nadie perezca de sed. Él es la fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna. “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: de su seno correrán ríos de agua viva” (Jn.7,37).
¿En qué consiste esta agua?, nos preguntamos. La respuesta nos la da el propio evangelista Juan: “Jesús hablaba del Espíritu que iban a recibir los que creyeran en Él” (Jn.7,39). Acerquémonos a esta fuente y bebamos de balde. Jesús quiere que no seamos tierra árida que no da frutos de vida y de santidad, de paz y de amor, de justicia y de libertad... Jesús quiere saciar la sed de tantos seres humanos. A todos nos llama y nos invita a que busquemos las corrientes de agua viva y a que no acudamos a cisternas de aguas corrompidas.... Recordemos las palabras de Jesús a la mujer samaritana: ”Si conocieras el don de Dios, me pedirías que te diese de beber de esa fuente que salta hasta la vida eterna”. Esa fuente es el costado abierto por la lanza del soldado. De esa fuente mana y brota el agua viva.
Quien tenga sed de amor, que venga a esta fuente y beba. Quien tenga sed de sabiduría, que venga a esta fuente y beba Quien tenga sed de santidad, que venga a esta fuente y beba. Quien tenga sed de felicidad, que venga a esta fuente y beba. Quien tenga sed de alegría, que venga a esta fuente y beba. Jesús es el Buen Pastor que conduce y guía a sus ovejas hacia fuentes de agua viva. Dejémonos guiar por Cristo a las fuentes de agua viva.

SEXTA PALABRA
“TODO ESTÁ CUMPLIDO”

Todo se ha consumado. Jesús ha corrido su carrera; ha cumplido su misión; ha guardado todo lo que el Padre le había encomendado. Ha realizado fielmente el designio y la obra del Padre.

Ahora llegó el momento final. Ahora tendrá lugar su Pascua, es decir, su vuelta a la casa del Padre de donde salió para conducir a los hombres hasta ella. Es verdad que “esta vuelta a la Casa de donde salió” tiene un camino peculiar. Cristo ha de adentrarse por los caminos de la pasión y de la cruz; Cristo ha de pasar por el desfiladero angosto y doloroso de la Pasión para llegar a la Casa del Padre, en la que “nos preparará un sitio, porque quiere que donde está Él, estemos también nosotros un día”. Por eso, te pedimos, Señor, que no te vayas sin nosotros; que no nos dejes abandonados en la cuneta de la historia. Queremos estar contigo siempre y para toda la eternidad. No te olvides de nosotros, Señor. Te queremos mucho, con todo nuestro corazón. Tú lo sabes, Señor

Todo está cumplido, dice Jesús suspendido de la cruz. Quedaba aún una cosa. Escuchemos este relato de Juan: “como era el día de la Preparación para que no quedasen los cuerpos en la cruz el sábado -porque aquel sábado era muy solemne-, los judíos rogaron a Pilato que les quebraran las piernas y los retiraran. Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas del primero y del otro crucificado con Él. Pero al llegar a Jesús, como le hallaron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua...y él sabe que dice verdad” (Jn.19,31-35).

Esto es lo que faltaba. Del costado de Cristo, nuevo Adán, dormido en el árbol de la cruz nació la Iglesia y, con ella los sacramentos de la vida: la Eucaristía y el Bautismo. Muerto Cristo, nacen la Iglesia y los sacramentos. Cristo muerto en la cruz dejó abierto el camino al Espíritu Santo.

Se ha cumplido la profecía de Ezequiel: “el agua bajaba del lado derecho de la Casa, al sur del altar...Por donde quiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva, vivirá” (47,1.9).

Ahora ya tiene todo sentido. Por todos los caminos Cristo ha pasado. Ya no hay callejones sin salida. Ya no hay rutas oscuras y sin sentido. Los caminos del hombre, si coinciden con los caminos de Cristo, desembocarán en el corazón de Dios. Hemos de mirar y entender las cosas desde el designio de Dios que se hizo realidad en Jesucristo. Todo queda iluminado por el Señor.
San Pablo lo decía con palabras muy claras: “Todo es vuestro, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios”. “Para los que aman a Dios todo coopera para su bien”

“Nada podrá apartarnos del amor de Dios revelado en Cristo; ni la vida ni la muerte, ni el dolor ni el sufrimiento, ni la persecución ni las enfermedades...” (Rm.8, 31-39).

SÉPTIMA PALABRA
“PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU”

A) Jesús no muere negando a Dios, ni renegando de sí mismo. Jesús no muere desesperado ni alejado de Dios. Jesús no muere ni rebelándose contra Dios ni blasfemando contra Él. Jesús no muere insultando a los que lo han crucificado.

B) Jesús muere confiándose a las manos de Dios, su Padre.
Jesús ha cumplido la obra que le encomendó el Padre. Ya puede morir tranquilo y en paz y hacer suyas las palabras del salmista: “en paz me acuesto y enseguida me duermo, pues sólo tú, Señor, me asientas en seguro” (Sal.4,9).

Jesús puede dormir y descansar en paz. En Él se cumplen las palabras del salmista: “su carne descansará segura porque Dios no lo entregará a la muerte ni dejará a su fiel conocer la corrupción” (Sal.15,10).

Jesús es dueño de sí hasta el mismo final de la muerte, “sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos y que había salido de Dios y a Dios volvía” (Jn.13,13), se dispone a entregar su espíritu en las manos del Padre, a confiarle su vida, su alma, su ser entero. Al morir Jesús entregando su alma entre las manos del Padre, Jesús nos muestra que es necesario dejar a Dios ser Dios en nosotros, en nuestras vidas, en nuestras historias, en nuestras muertes.

Al morir Jesús confiando su persona y su destino final al Padre, nos está mostrando que la muerte no es final del camino para nadie. Más allá de la muerte está Dios que es el Señor de la vida y de la muerte, y que nos espera en el momento de mayor soledad del hombre para liberarnos de la muerte. Nos espera para acogernos y guardarnos para toda la eternidad, si hemos vivido a la sombra de la cruz de su Hijo Jesús, si hemos guardado sus mandamientos.

El Padre de Cristo se nos revela como Padre nuestro que nos abre sus brazos para acogernos, curarnos, salvarnos definitivamente...Sabemos que nos espera una vida eterna y feliz con el Señor y con todos aquellos a quienes quisimos entrañablemente en esta vida.

En el abandono a las manos del Padre se hace realidad el deseo de plenitud del hombre. Contemplemos la muerte de Jesús y la forma cómo muere el mismo Jesús. Nos hará mucho bien. Con esta visión, creo y espero que reciben consuelo nuestros llantos, luz nuestras contradicciones, esperanza nuestras desesperanzas, ánimo nuestros desalientos, perdón nuestros pecados, alegría nuestras tristezas, compromiso nuestras pasividades, solidaridad nuestras insolidaridades, mansedumbre nuestras intolerancias, misericordia nuestras venganzas.